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5 de junio de 2020 03:26:28 | Edición impresa | Síguenos en: rss

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Humor en tiempos de crisis

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Por Laidi Fernández de Juan

No es nuevo: El humor florece en tiempos difíciles. Si bien nunca se ausenta en la tranquila cotidianidad de la vida, en momentos de amenazas, de profundas incertidumbres, su utilidad para enfrentar la más temible de las catástrofes, que es la muerte, adopta magnitudes de gran importancia.

Víctor Fowler, estudioso (también) de las manifestaciones humorísticas de la humanidad a lo largo de la historia, en la conferencia que ofreció en el evento teórico del Aquelarre 2019, mostró con ejemplos reales los chistes que hacían los judíos durante el horripilante holocausto nazi, por citar un ejemplo.

Sin ánimo de establecer comparaciones, lo cual sería grotesco, también nosotros nos escudamos en el humor desde los tiempos de la colonia y sus posteriores malquerencias.

Basta revisar el humor gráfico de la República para cerciorarnos de la imbatible expresión choteadora cubana. Igual sucedió durante la crisis de los 90, como una forma de aliviar tensiones, y transmitirnos esperanzas. Ahora se repite el mecanismo: atravesamos el peligrosísimo período de acmé de la nueva enfermedad conocida como Covid-19, que hasta el presente ha cobrado la vida de miles de personas en el mundo.

Y, por consiguiente, surgen avalanchas de chistes desde todos los confines de la Tierra. La explicación es sencilla: todos estamos expuestos, todos somos vulnerables, todos podemos morir.

Una macabra democracia nos iguala, de manera que todas las vidas penden de un hilo. Y además de respetar las orientaciones que dicta la Organización Mundial de la Salud, necesitamos reír aun en medio de la solemnidad que implica estar al borde de la muerte.

No se trata de minimizar el impacto que tal realidad implica, ni de acudir a la burla ante irreparables daños de toda índole, sino de soportar la tensión de la mejor manera posible: nos une la risa, nos dispara las reservas de endorfinas, nos relaja durante el mínimo tiempo que dura una sonrisa y, en el mejor de los casos, la risa compartida nos mantiene amablemente cercanos.

Reímos para paliar el miedo. Reímos para no llorar. Compartimos no solo el temor, sino también la imprescindible esperanza de que seremos capaces de sobrevivir. La vida en sí suele ser trágica; la comedia hay que inventarla.

Los ánimos están caldeados: eso también es resultado del intenso desafío que enfrentamos, sobre todo en las redes sociales. Opiniones, reclamos, criterios, consejos, órdenes, críticas, ingratitudes, sugerencias, demostraciones de poder: todo se mezcla en un diabólico tejido que hace mucho daño. Por un lado, nos coloca en la tesitura de escoger cuál bando parece más justo, a quiénes diremos «Me gusta» al pie de su declaración, en qué batalla nos involucraremos por lo insultante que es (el mensaje contra los médicos cubanos que colaboran en varios países en medio de esta pandemia resulta inaceptable, por ejemplo), o cuál dejaremos pasar, porque sería inútil debatir en estos momentos. Por otro lado, dichas contiendas digitales obligan a perder no solo tiempo, sino la brújula de lo que verdaderamente es crucial ahora mismo. O sea, cumplir las ordenanzas médicas. La epidemiología, especialidad que surgió hace muchos siglos, no es improvisada ni se rige por caprichos gubernamentales, cuestión que muchos pretenden obviar. Acudamos a los clásicos: fue Hipócrates (460-385 a.C.) quien usó las expresiones epidémico y endémico para referirse a los padecimientos según fueran o no propios de determinado lugar. La lógica y el sentido común deben imponerse, y para ello basta con ceñirse a la guía de procedimientos para diagnósticos, prevenciones y tratamientos de las enfermedades.

La mezcolanza de sugerencias es tal, que ya resulta imposible distinguir un consejo francamente científico, de otro que emite alguien sin conocimiento alguno. Por muy buenas intenciones que se tengan, el resultado es chistoso, sin duda. Y peligroso a la vez. Una mañana, por ejemplo, leemos la conveniencia de usar tapabocas a toda hora, pero al filo del mediodía ya la noticia cambia, se dice que podría ser contraproducente usarlo, y en la noche se recomienda solo cubrirnos la nariz si tenemos tos o cuidamos de alguien resfriado. Transcurridos diez días, ya su uso es obligatorio, so pena de enfrentar castigos. Los desinfectantes corren igual suerte: cloro a toda hora y en todos los sitios parece ser una buena forma de desinfección, hasta que aparece un opinólogo que nos dice que la resequedad de la piel en las manos debido al uso de desinfectantes produce grietas donde puede alojarse el virus. Que, por cierto, no es un ser viviente sino una partícula de ácido ribonucleico (ARN o RNA), que puede estar sin ser vivo en pasamanos, mostradores, asfaltos y en el aire, sin que cumpla el mismo tiempo de vida/no vida para cada superficie. Además de lavar nuestras manos, no exponernos inútilmente ni favorecer multitudes y no tomar antinflamatorios, debemos, según se lee por ahí, cambiarnos de zapatos al entrar y salir de casa, así como utilizar la mano no dominante para abrir puertas, ventanas y tocar cualquier objeto. Además de adiestrar nuestra «mano contraria», hay que estornudar en el codo (en su flexura, debiera añadirse, ya que es anatómicamente imposible toser en un codo) y, al mismo tiempo, saludarnos con él. Con el codo, con su parte externa, que debe estar más contaminada que el tubo de la guagua, nos decimos: Buenos Días, sin saber si dicha maniobra debe realizarse con el «codo dominante». Si al principio de la pandemia (por cierto, es un disparate añadir mundial, ya que por definición, toda epidemia que se propague en más de un continente, es mundial y recibe el nombre de pandemia) se sugería beber líquidos calientes cada dos horas y atiborrarse de vitaminas, ya ahora se sabe que hacerlo es completamente inútil. Queda mucho por descubrir, obviamente. No solo en términos científicos (que es lo único que vale e importa), sino también del comportamiento humano. La relación entre el papel sanitario y el broncoespasmo quedará como uno de los misterios de la humanidad, por ejemplo.

Las preferencias son inapelables, como se sabe. Nadie impone un gusto, ni es eficaz decretar de qué manera debemos dejar que el tiempo transcurra. Hay quienes en cuanto despiertan buscan las estadísticas mundiales para enterarse cuántas almas han desaparecido, mientras otros muchos convocan a aplausos masivos, o cantan o bailan o muestran videos de ejercicios en grupo: todo es válido. Mi grupo de amistades más cercano, y yo misma, además de guardar el aislamiento conveniente, perseguimos los mejores chistes mundiales de cada día, algunos de los cuales son francamente antológicos, y nos los contamos. Algunas bromas son xenófobas, de muy mal gusto, racistas e incluso agresivas, lo reconozco ante aquellos que claman por el cese de chistes actuales, pero debe reconocerse que la mayoría es efectiva como muestra de ingenio. Hablando en plata: sustituir nuestra proverbial querencia con risas, ayuda a fortalecer nuestro sistema inmunológico, más allá de fajatiñas miserables y de bajezas. Debemos ser solemnes sin dejar de reírnos: nuestra idiosincrasia se impone. Traigo a colación una sentencia de Mañach (no podía faltar) que parece responder a quienes desdeñan el humor o intentan minimizarlo: Ha llegado la hora de ser críticamente alegres. (Tomado de La Jiribilla)