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5 de diciembre de 2022 06:08:16 | Edición impresa | Síguenos en: rss

La Columna

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¿Y los otros… pa´ cuándo?

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Foto: Adán Iglesias

Por Jorge Alberto Piñero (JAPE)

Floro estaba sumido en sus pensamientos tras un profundo bostezo a causa de la mala noche. Permanecía sentado en el contén de la acera, como parte de una extensa cola que esperaba el primer llamado de pase a la tienda. Ya habían recogido los carnés. Una voz fuerte, pausada pero segura, se iba apoderando del ambiente. Floro buscó a su alrededor hasta localizar la fuente. No lejos de donde estaba sentado, un individuo de buen aspecto, comentaba sobre un tema del que parecía tener información. Más que información, daba la impresión de que era toda una autoridad profesional en el tópico.

Mi querido amigo pensó que se trataba de otro de los tantos «especialistas» que pululan nuestras calles. Esos que saben a ciencia cierta cómo hacer para disparar la producción agrícola, resolver el problema del transporte, darle a cada núcleo familiar una vivienda, incluso cómo conformar el equipo Cuba de béisbol que obtendrá el primer lugar en el próximo Clásico del gustado deporte. De esos hay por montones a todos los niveles, pensó.

Cada vez era mayor la cantidad de personas que se acercaban al «conferencista». Esto llamó su atención y terminó prestando oídos desde su sitio, en el contén del barrio.

«Todo sube porque el precio lo pone el dólar, decía el susodicho con autoritaria voz. Es inevitable, y les pondré varios ejemplos: ¿Por qué sube el pan? Porque la harina ha subido a causa de la guerra. Ahora un kilo de harina de trigo vale más que antes. Los panaderos y dulceros pagan más por su materia prima. No le queda otro remedio que alterar los precios para poder obtener ganancias& es por eso que una javita con ocho panes puede costar hasta 200 pesos. El carretillero tiene que pagar más caro los productos agrícolas porque no hay insumos para obtener una buena cosecha. Los campesinos proveedores suben sus precios y a los carretilleros no les queda otro remedio que alterar los precios para poder obtener ganancias. Los compañeros cuentapropistas en sus paladares y cafeterías deben pagar más por cada producto que ofertan y por eso no les queda otro remedio que alterar los precios para poder obtener ganancias».

Floro se sintió atraído por el discurso del improvisado «especialista de la economía». Lentamente se levantó y se acercó al grupo, ya bastante representativo, de gente que le hacía coro. Algunos hasta esbozaban preguntas:

¿Y el puerco compañero, por qué ha subido tanto?

Ocurre lo mismo ciudadano respondió con total seguridad el «experto». Aquellos que crían cerdo han visto subir el costo del pienso y, por supuesto, no le queda otro remedio que alterar los precios para poder obtener ganancias. 

Alguien preguntó qué a cómo estará la carne de cerdo para el fin de año y el hombre «sabio» respondió con total seguridad una cifra que no diré por ética y por no «calentar», como se dice en buen cubano. Solo comentaré que algunas señoras, con los ojos casi en blanco, se llevaron las manos a la cabeza, mientras otras se persignaban varias veces.

Luego de una pausa el hombre aquel, que ya se sentía dueño de la situación, miró a todos y lanzó una pregunta a modo de retórica, que inmediatamente se autocontestó: «¿Por qué razón creen ustedes que las confituras, chupa-chupa, refrescos y otros productos de importación son hasta diez veces más caros? ¡Muy fácil! El dólar ha subido y los compañeros que fungen como importadores o mulas, no les queda más remedio que alterar los precios para poder obtener ganancias».

Este fue el momento en el que Floro, con notable modestia e ingenuidad, pidió la palabra y preguntó:

Maestro, usted nos podría decir en el caso de los otros, los que no somos ni panaderos, ni dulceros, ni carretilleros, ni tenemos paladar, bares o cafeterías, ni criamos puercos y mucho menos somos importadores o mulas, nosotros, los que vivimos de un salario, que no somos pocos, ¿cuándo y cómo hacemos para obtener más ganancias y enfrentar los alterados precios porque no nos queda otro remedio?

El silencio fue mayor, el «profeta» miró fijamente a Floro, y luego al infinito. En ese mismo instante el organizador de la cola llegó con los carnés en la mano y comenzó a vocear nombres. Todos corrieron hacia el llamado y la pregunta quedó sin respuesta.