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23 de agosto de 2019 07:06:44 | Edición impresa | Síguenos en: rss

La Columna

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No escatimen elogios, pero sean sinceros

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Por Jorge Alberto Piñero (JAPE)

EL próximo 12 de diciembre será la premiación y apertura del
Salón Juan David de caricatura personal, que históricamente
convoca el Museo Internacional del Humor de San Antonio de
los Baños. Lázaro Miranda (Laz), además de haber participado
como jurado del certamen, será invitado a exponer en las
salas del prestigioso museo. Su muestra de caricatura personal
lleva por nombre Retrato hablado, saga de una anterior
propuesta de igual nombre que hiciera en la galería Pancho
Vázquez, de JR, a principios de esta centuria.
Fui escogido (por Laz e Isel) para realizar el texto que contendrá
el plegable promocional de dicha expo, en la cual el
autor me pidió que no me perdiera en adornadas palabras y
sobre todo que fuera sincero cuando emitiera mi opinión sobre
su obra. A modo de «entrante» y para que no se pierdan el
Juan David de este año, aquí les mando un adelanto:
Al decir del buen cubano, Laz me la puso fácil. No hay nada
que convoque a menor esfuerzo que hablar de Laz sin ambages,
sin edulcoraciones ni rebuscadas palabras, símiles o rimbombantes
metáforas.
Laz es único, como única es su obra, llena de humor costumbrista,
del cotidiano desandar del barrio, de las calles& al
estilo de nuestros más avezados «vernaculares» de la caricatura:
Manuel y Martirena, desde mi más respetuosa apreciación.
Lázaro nos llega con su sello particular, en el que aparecemos
todos en singulares personajes de nariz y ojos sobresalientes,
sin descontar las exuberantes nalgas en sus negronas
habituales. Nos habla con el diálogo y la vida del cubano de
estos tiempos.
Pero hay que decir más, y con toda sinceridad (ya saben), porque
el tema que nos reúne hoy es la caricatura personal, su más
distintivo trazo. Catalogado por la inmensa mayoría (especialistas
o no) como el más notable caricaturista personal de la actualidad,
Laz arriba a ese estatus por derecho propio.
Humberto Lázaro estudia hasta el cansancio cada rostro que
lleva al lienzo, la cartulina o el papel. Busca múltiples fotos, hace
varios bocetos y después te la muestra y pregunta sin pena alguna,
sin el más mínimo destello de arrogancia: ¿Quién es? Si hay
varias opiniones encontradas, desecha el dibujo y vuelve a
empezar. En una ocasión en que le reprobé dicha acción apuntando
que no todos tenían que reconocer a la persona caricaturizada,
me respondió con profunda seguridad de lo que hacía:
«Mientras haya una persona que no reconozca al personaje caricaturizado
es que el dibujo no está bien»