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23 de noviembre de 2017 02:09:23 | Edición impresa | Síguenos en: rss

La Columna

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Confesión

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Ilustración de Tomy para texto Jape Foto: Dedeté

Por Jorge Alberto Piñero (JAPE)

Si les digo que había cruzado más de diez palabras con persona alguna, exagero. Su silencio era escalofriante, aunque no absoluto. A ratos abría su boca para decir lo preciso, en el preciso instante. Luego se quedaba mirándote fijamente con su único ojo como esperando una respuesta. Nunca apareció respuesta alguna.
Su rostro, surcado por las arrugas que labra el tiempo y la vida dura, mostraban una peculiar cicatriz que partía desde la parte superior de su ceja izquierda, atravesaba el centro del ojo y se perdía en el cachete. Donde debía aparecer un ojo, no había nada. Los párpados estaban unidos, sellados por la cicatriz como una fuerte costura.
Cinco años hacía que había llegado a aquel pequeño pueblo enclavado en las márgenes de un río que ni siquiera aparecía en los mapas de la región. Lo conocían por Valle Olvidado, al lugar; al él casualmente le decían El Tuerto.
Este mote era utilizado por los pobladores del lugar entre sí. Personalmente lo llamaban Sr. Oneye. Luciano Oneye, así se asentó en el registro de población de tan ignorado pueblo.
Muchas eran las leyendas que acerca del Sr. Oneye, El Tuerto, y su único ojo, viajaban de boca en boca entre los vecinos y visitantes de aquel ignorado valle.
Unos decían que había perdido su ojo en una encarnizada lucha con una fiera salvaje en los bosques de Claudin donde se dedicó a la caza por muchos años. Otros alegaban que lo había dejado en los alambres de la cerca que protegía el Centro Penitenciario de Ruany, lugar en el que guardaba prisión por asesinato antes de convertirse en un prófugo.
Lo cierto era que nadie sabía la verdad. Desde que llegó al pueblo, la historia de su vida y de su ojo se habían convertido en una nebulosa, que más de uno hubiera querido desentrañar.
Por aquellos tiempos el viejo Norman, dueño de la única tintorería del pueblo, se encontraba al borde de la quiebra.  No tenía cómo alimentar a su anciana mujer y a sus hijas que lo ayudaban en el poco rentable negocio de lavado y planchado. No faltó quienes sin escrúpulo alguno propusieran al viejo la solución a su problema. Le sería entregada una fuerte suma de dinero si se sentaba a la mesa de El Tuerto y le preguntaba qué le había ocurrido en su ojo izquierdo…
                                                        … … …

La tarde estaba plomiza. El sol acariciaba despiadadamente cada rincón. La temperatura en el bar de Valle Perdido rozaba los 40 grados centígrados. El calor, más una asistencia no acostumbrada a esa hora en el bar, hacían que las gotas de sudor rodaran por la frente de Sr. Oneye. Como era costumbre estaba allí, solo en una mesa, bebiendo su cerveza lentamente. Sin mirar a su alrededor.
El viejo Norman entró al bar. El silencio hizo presa en cada uno de los presentes. Los pasos de Norman se dirigían a la mesa donde, sin haberse percatado de nada, se encontraba El Tuerto.
Cada paso resonaba como un trueno en el interior del bar. Una vez junto a la mesa que ocupaba aquel singular hombre, el viejo preguntó:
¿Mucho calor,... señor Oneye?...
La cabeza del interpelado se fue levantando lentamente. Parecía durar un siglo aquel simple movimiento. Su único ojo se clavó en el rostro del Sr. Norman y respondió: Eso parece. Luego, volvió a su posición anterior.
--¿Me puedo sentar? --insistió el viejo tembloroso.
Esta vez El Tuerto no levantó la cabeza, sólo se dejó escuchar.
--Sí, puede.
El viejo se sentó. Miró a su alrededor y pudo comprobar que todos estaban atentos a su mesa. El temblor se hizo más evidente. Recordó el trato y que de él dependía la vida de su mujer e hijas. Se dirigió otra vez a su acompañante.
--¿Puedo hacerle una pregunta algo indiscreta?
--Sí --retumbó la voz de Sr. Oneye que apretó con fuerza la jarra de cerveza entre sus manos.
--Sr. Oneye... ¿Por qué no le ha dicho a nadie qué le ha pasado... en su ojo izquierdo?
Terminada la pregunta el viejo se encogió en el asiento como esperando que el techo le viniera encima. El Tuerto levantó la cabeza, miró fijamente, con su solitario ojo, a Norman. Las manos dejaron libre la jarra, y con la velocidad de un rayo se posaron en los hombros del helado tintorero. Lo atrajo a sí bruscamente y respondió.
--No he dicho a nadie qué me pasó en el ojo izquierdo por una simple razón: nadie me lo ha preguntado. Súbitamente viró su cabeza hacia el cantinero y gritó:
--¡Ponga aquí dos cervezas que voy a contarle a Norman qué me pasó en mi ojo izquierdo!