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3 de marzo de 2024 18:08:42 | Edición impresa | Síguenos en: rss

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Con perdón de otros terrícolas

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F. Mond Foto: Admin

Por Jorge Alberto Piñero (JAPE)

No es casualidad que una semana después de hablarles de Teijeiro, hoy les recomiende descubrir el singular mundo de la ciencia ficción, ligado a un exquisito e hilarante humor, que nos legara F. Mond.

A ambos los conocí, de manera personal, más o menos en la misma etapa en que coincidíamos en las actividades que se hacían en Juventud Rebelde por los aniversarios del dedeté. Claro está, antes de ese suceso, ya admiraba la literatura que venía firmada con un nombre inconfundible: F. Mond. Muchos años, desde que lo descubrí en las páginas de nuestro suplemento, me preguntaba cuál sería el verdadero nombre de este autor.

Después llegaron sus libros que jamás he olvidado, como nunca olvidé que ese seudónimo pertenecía a Félix Mondéjar Pérez, nacido en Los Arabos, Matanzas, el 31 de marzo de 1941.

Al igual que me pasó con Teijeiro, mi amistad con Félix se consolidó gracias a las tardes de literatura, concebidas por Laidis Fernández de Juan, en la Loynaz. Su reciente fallecimiento no me permitió nunca decirle cuánto disfruté de su literatura, sus libros, y cuánto influyó e influye su obra en mis textos y en mi pasión por la parodia en el humor.

Sé que no basta con lo que pueda comentar acerca de este amigo y su obra. Por ello, y como siempre digo, solo plasmaré algunas pistas de quién fue este matancero de fino y singular humor, para que usted se sienta motivado a buscar y descubrir de qué manera pueden marchar a la par la ciencia ficción, la historia y el buen humor.

Con 17 años comienza a publicar en Zig-Zag, con rasgos del costumbrismo al estilo de Eladio Secades. En los años 70 su trabajo toma otras influencias, quizá apasionado por los prólogos del escritor y periodista Oscar Hurtado que aparecían en las antologías de temas fantásticos y de ciencia ficción, como alguna vez confesó Félix.

Con perdón de los terrícolas, la primera entrega de su reconocida serie sobre el planeta Korad y la Tierra, nos llega en 1979, y desde entonces, hasta el 22 de agosto del pasado año, en que fallece, nos deja un legado de profundo y representativo trabajo, que lo llevó a estar entre los grandes nombres de la literatura cubana.

Mond se graduó en el Instituto Superior Pedagógico en la especialidad de Español y luego de su aparición en Zig-Zag, continuó colaborando con dedeté, Opina y Palante.

Múltiples títulos de este autor afloran a la memoria, entre ellos,  Con perdón de los terrícolas,  Para verte reír, ¿Dónde está mi Habana?, Cecilia después o ¿Por qué la tierra?, Holocausto, y Hasta que la muerte nos una.

En una ocasión declaró: «La ciencia ficción es un modo de expresar lo que nos imaginamos, como toda literatura de ficción. No hay nada especial en ella», sin embargo, es considerado uno de los más notables escritores de ciencia ficción que por más tiempo ha publicado en Cuba, e incluso, muchos especialistas e investigadores han tomado su obra como referencia para estudios sobre este género en nuestro país.

Parafraseando el título de uno de sus libros, quiero, con perdón de otros terrícolas, asegurar que pasarán muchos años luz para encontrar otro F. Mond en la galaxia.

 

Yo, justificador

Justificarse o no justificarse, he ahí el dilema.

Pluterio hizo una mueca grotesca, estiró los brazos y bostezó:

Aaaahhhuuumm&

¡Animal! exclamó uno por allá.

Sueño, hambre o aburrimiento sentenció otro.

Pluterio, ¿tienes sueño?

No, es que estoy haciendo gimnasia sueca con la campanilla.

Pero en verdad que tenía sueño. Aquellos trabajitos por contratación que hacía todas las noches como redactor de justificaciones injustificables lo tenían despierto y exprimiéndose los sesos hasta altas horas de la madrugada. Desde el éxito que obtuvo con la justificación de los guardafrescos abandonados en el reparto Vieja Linda, su fama había ido creciendo rápidamente, como la cola de la 22. Y los trabajitos caían; porque Pluterio, además de hipotenso, era elocuente y convincente. Tan lejos llegaba su poder de convencimiento que, en ocasiones, hasta él mismo se creía las justificaciones que irradiaban de su materia gris.

Pluterio, búscame una justificación para los tornillos sin rosca le pedía un administrador.

Otro indicaba:

¿En cuánto me saldrían tres párrafos para justificar que una mezcla colorante, virutas de material plástico y agua de chirle se venda a 30 centavos como jugo de naranja embotellado?

A los pocos días venía un tercero en busca de sólidos argumentos:

Mire, nuestra empresa alquila chivichanas, pero para solicitar nuestro servicios, hay que llenar más requisitos que un aspirante a cosmonauta. Redácteme una buena justificación para eso.

Y, como suele suceder cuando uno cría fama y se acuesta a dormir, hasta le habían adjudicado algunos teques que no eran suyos, como aquel que trataba de hacer ver que Peste a Pelo era una muestra representativa de nuestra música popular y no una inmundicia con pentagrama, mejor dicho, un pentagrama con inmundicias. Desde luego, que él había rechazado inmediatamente la paternidad de aquella justificación por una cuestión de dignidad estética y profesional.

Después de un año y medio en una labor tan agotadora, el cerebro de Pluterio estaba tan gastado como el video-tape musical de Soroa. Por eso todos los días estaba muerto de sueño. Para despejarse un poco, sacó un tubito blanco de relleno de una cosa negra, lo prendió por un extremo y comenzó a hacerse trizas los pulmones.

Esta noche engaveto las 127 solicitudes que tengo pendientes y me voy a dormir en cuanto salga la segunda Calabacita.

Con esta idea fija en la cabeza y un medio fijo en la mano, salió de su trabajo, puso proa a la parada más cercana y una hora después llegaba a la casa tras haber hecho el recorrido a pie.

A pesar de lo que se había propuesto, sus compañeros lo vieron llegar al otro día (siempre puntual) con las ojeras que les llegaban a las rodillas.

Pluterio, ¿no te ibas a acostar temprano?

Bueno& sí. Pero, pensé que podía redactar todas las justificaciones pendientes en una sola noche& y las escribí todas& más una.

¿Cómo es eso de «más una»?

Verás, la «una» es para mí, pues, como no había cumplido el plan que me había trazado, me vi forzado a justificarme a mí mismo. Me salió tan buena que he quedao completamente convencido& a tal punto que ni siquiera tengo sueño&