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23 de noviembre de 2017 02:14:49 | Edición impresa | Síguenos en: rss

La Columna

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¡Pa’ huracán, yo!

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Por Yuliet Calaña

Hace un par de días que lo notaba raro y nervioso, hasta que anoche descubrí que tiene a otra. Descaradamente la mencionó en sueños: «¡Irma, Irma!», gritó en medio de la madrugada, empapado en sudor y moviéndose por toda la cama.

No aguanté la tentación y fui a revisar su celular. Encontré el siguiente mensaje de Pepe, su mejor amigo: «Yo te dije que Irma era un huracán de intensidad», y el muy zorrito le contestaba: «Ya te contaré cuando me pase por arriba, presiento que no la voy a olvidar jamás». Eso me dolió, pero seguí buscando, juntando pruebas de su traición.

En su correo había cientos de mensajes de ella con el asunto Partes de Irma& tan descará& Y lo que leí fue saoco: «que si me voy a mover un poquito hacia aquí», «que voy a bajar», «que voy a subir», «que si mi ojo es muy grande», «que si te voy a recorrer con mi cono», «que si serán abundantes las penetraciones»& ¡Uffffff! Esto es más grave de lo que pensé... Siempre me he creído un huracán categoría cinco en la cama, pero ya veo que esta Irma es una bandolera. Lo único alentador es que estuvieron todo el tiempo hablando de «protegerse»& en verdad él siempre ha sido juicioso.

«Mañana esto se acaba de lo que no hay manera; nama que llegue del trabajo le canto las 40», me dije. Abriendo la puerta le solté con mi tono más irónico para que se diera cuenta de que lo sabía todo: «Así que Irma es un huracán de gran intensidad, ¿eh?». Y él, más fresco que una lechuga, me contestó, en mi cara, en mi propia cara, como quien ha perdido la percepción del riesgo: «Así mismo, desde que apareció no se me sale de la cabeza». Imaginarán que para sacársela de la cabeza le rompí en ella la vajilla entera y rematé con un sartenazo que lo dejó tendido a todo lo largo de la cocina.

Y yo, que llevaba una semana entera con conjuntivitis, sin contacto con la gente y sin ver televisor siquiera, me tiré a la calle a buscar a la pelúa esa para darle la arrastrá de la vida. Entonces me enteré de lo que pasaba en realidad y volví por él. Lo encontré ensangrentado y casi inmóvil... «Perdóname, mi amor, es que yo pensé&», le dije y él solo atinó a balbucear: «¿Ya sabes de Katia, verdad?». Volví a coger la sartén por el mango: «¿Katia?& Ahora mismo tú me vas a explicar a mí quién es Katia».