Los días de Floro
Día primero
Floro había tomado vacaciones. Amanecía acostado en el lecho sin aquella zozobra de que no había escuchado el timbre de su viejo despertador y llegaría tarde al trabajo. Por alguna razón, quizás porque no le animaba la idea de quedarse en casa, nuestro amigo hacía años no tomaba un descanso laboral. Miraba el movimiento circular de las aspas del ventilador mientras pensaba en qué podía ocupar ese tiempo que pudiera ser beneficioso no sólo para él. Quería ser útil a todos, particularmente porque sentía que ya no había la misma concordia en su pequeño núcleo familiar.
Le vino a la mente una idea que no podía ser mejor. Inmediatamente se puso de pie, fue al escaparate, busco sus ahorros, los que tenía destinado para comprarse helados y confituras el día de su cumpleaños, y fue hacia el mercado.
No se podría hablar de un exótico banquete, pero realmente Floro se había esmerado. Elaboró un delicioso menú y se sentó a esperar lleno de alegría a que llegara el resto de la familia. Degustar juntos de aquel convite, sería la justificación más plena para compartir en armonía.
Su esposa llegó a la hora habitual. Ciento cincuenta minutos después de que marcara la tarjeta de salida. Ya saben: el transporte, me quedé para adelantar un poco de trabajo, me entretuve con fulanita hablando… lo normal. Floro no habló, la expectativa lo dejaba mudo.
Luego de depositar el bolso en el cuarto, ella se adentró en la cocina y sin mostrar demasiada sorpresa ante la mesa inesperadamente servida, y la cara de cumpleaños de Floro, preguntó: —“¿Qué se celebra hoy?”
Nada, respondió él, y mientras trataba de explicarle que había sido una idea que… los ojos de su amada cónyuge se clavaron en el fregadero y la meseta:
—“¿¡Pero Floro, qué clase de reguero es ese chico, tú no puedes cocinar cualquier cosa sin armar tanto reguero!? ¡No claro, aquí está la esclava para recogerlo todo!”, —vocifero su querida media naranja, y concluyó: “mira, mejor recoge todo eso que yo vengo privada del dolor de cabeza y no tengo ni hambre. Ah, y guarda la comida en el refrigerador que Florita va a comer hoy en casa del novio”.
Día dos:
Floro no durmió pensando en qué había fallado. No obstante, al salir el sol, ya sabía qué tenía que hacer. Dedicaría el día a arreglar la puerta del baño y el salidero de la ducha que se había convertido en una regadera. Hacer una comida “especial” no es tan fabuloso; pero arreglar las cosas rotas en la casa, si tendría cierta connotación en el seno familiar.
A duras penas realizó ambas acciones, finalizando casi a la hora habitual de la llegada de su esposa. Esta vez Floro tomó la iniciativa y en cuanto ella deposito su bolso en el cuatro le dijo con cierto entusiasmo: —“Arreglé la puerta del baño y el salidero de la ducha…”
—“Menos mal, respondió ella más plana que una manta. Ya había pensado en comprarme un bote para cuando se inundara la casa.” Agregó con la mayor ironía posible.
Sus pasos la llevaron al cuarto de baño más por inercia que por curiosidad. Desde la sala Floro escuchó claramente: — “¿¡Qué es esto Floro!? ¡Qué clase de cagazón has armado en el lavamanos, y mira como dejaste la cortina!”.
Día tres
Ella llegó a la hora acostumbrada. Le extrañó no ver a Floro esperándola en la sala como en días anteriores. Al depositar el bolso en el cuatro percibió a su esposo acostado muy campechano leyendo un libro de cultura greco latina. — “¿Qué hiciste hoy, además de perder el tiempo leyendo esos libritos?”, —más que preguntar, interrogó ella.
—“Nada, respondió él muy plácido. Estoy de vacaciones”.
—“¿Y quién va a resolver todos los problemas que hay en esta casa? Vociferó, como de costumbre, ella.
— “Eso mismo pensé yo, pero también pensé en que era mejor no armar ningún reguero… ¿viste que limpia se mantiene la casa?”